Archivos por Etiqueta: Literatura

Adios a la Librería Aniceto

13 feb

El cementerio de los libros olvidados

CIERRA la librería “Aniceto” poco antes de que por la Ley de Arrendamientos Urbanos Boyer” tuviese que hacerlo y por una buena oferta que su propiedad ha recibido. Uno ya estaba helado por el frío matancero de estas horas pero la noticia me ha congelado hasta la capacidad de tiritar. ¿Qué quiere que le diga: que desaparece una de las librerías de mi infancia y no solo, y que también siempre ha estado ahí?
Pues eso. Y cuando digo siempre es siempre: hay que irse a 1876, año en el que, por fin, se eleva el agua del Tormes a la ciudad y está a punto de inaugurarse el tren de Medina del Campo a Salamanca, que trajo a Alfonso XII y más tarde a Pedro Antonio de Alarcón, que escribió después “Dos días en Salamanca”. Aquel año, Lorenzo Aniceto adquirió a Bernardo Gazapo la librería “Sagrado Corazón”, que se encontraba en la Rúa, hasta que a principios de los años ochenta del siglo pasado se echó abajo el edificio y desapareció aquella librería universitaria y religiosa, que lo mismo vendía tratados de Medicina y Derecho que tomaba medidas a los clérigos para sus sotanas.
Tras la muerte de Lorenzo se hizo cargo de aquel negocio su hijo, Antonio Aniceto, que además de comerciante fue concejal de los que cobraban una peseta al año y distinguían bien entre lo público y lo privado. Gentes que por encima de todo amaban a su ciudad. Padre e hijo, Lorenzo y Antonio, abrieron la librería “Aniceto” que tiene previsto cerrar el 21 de marzo.
Era 1953 y era un local más pequeño que el actual, cuyo tamaño creció en 1960 al adquirir otro vecino y ampliarse. En 1983 se pone al frente de esta librería salmantina José Luis Aniceto, hijo de Antonio, nieto de Lorenzo, que en 1973 había abierto frente
a San Marcos una librería que bautizó “Roma” en homenaje a una ciudad que amaba, en la que un tío suyo fue agregado cultural y porque, además, para estos casos un nombre corto era lo suyo, dijo. Venía a ser una sucursal de “Aniceto”. Así pues, hasta 1980 la familia gestionaba tres librerías en Salamanca. Luego, en 1980, cerró la de la Rúa y tres años más tarde fallece Gabino, mítico encargado de “Aniceto”, toda una institución en el negocio y la familia, pasando José Luis a hacerse cargo de esta librería y cerrando “Roma”. Lo de José Luis era pasión por los libros, tanto que pasó de estudiar Químicas a Filosofía y Letras, y de aquí a leer, sobre todo, Filosofía: un buen día comunicó a la familia que quería ser librero. Y lo fue de cuerpo y alma hasta su fallecimiento en 2003, cuando toma el relevo su esposa, María Cuéllar.
Nada menos que 135 años han pasado desde que el abuelo Lorenzo adquiriera “Sagrado Corazón” e inaugurase tres generaciones de comerciantes relacionados con la papelería y el artículo religioso, sobre todo. Salvo velas, imágenes de santos, formas y vino de misa, creo haber comprado de todo en “Aniceto”: desde la estilográfica escolar hasta la agenda de nuestros días, así pues qué quiere que le diga. Que sea para bien.
El Bestiario de Santiago Juanes

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Feliz cumpleaños, Eric

17 dic

Dime quien soy yo. Niña Pastori

Dedicada a Eric, amigo de muchos, enemigo de nadie, al que no supimos ni fuimos capaces de retener entre nosotros. Deseo que en sus tierras francesas, allá en las montañas a las que también ama, pase un gran día y pueda encontrar pronto la tranquilidad y la felicidad.

Dime quien soy. Julia Navarro

lee en el libro: Julia Navarro – Dime quien soy

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Estremecimiento

11 nov

Tocata y fuga en Re Menor. Juan Sebastián Bach

Durante todo un día de otoño, triste, oscuro, silencioso, cuando las nubes se cernían bajas y pesadas en el cielo, crucé solo, a caballo, una región singularmente lúgubre del país; y, al fin, al acercarse las sombras de la noche, me encontré a la vista de la melancólica Casa Usher. No sé cómo fue, pero a la primera mirada que eché al edificio invadió mi espíritu un sentimiento de insoportable tristeza. Digo insoportable porque no lo atemperaba ninguno de esos sentimientos semiagradables, por ser poéticos, con los cuales recibe el espíritu aun las más austeras imágenes naturales de lo desolado o lo terrible. Miré el escenario que tenía delante -la casa y el sencillo paisaje del dominio, las paredes desnudas, las ventanas como ojos vacíos, los ralos y siniestros juncos, y los escasos troncos de árboles agostados- con una fuerte depresión de ánimo únicamente comparable, como sensación terrena, al despertar del fumador de opio, la amarga caída en la existencia cotidiana, el horrible descorrerse del velo. Era una frialdad, un abatimiento, un malestar del corazón, una irremediable tristeza mental que ningún acicate de la imaginación podía desviar hacia forma alguna de lo sublime. ¿Qué era -me detuve a pensar-, qué era lo que así me desalentaba en la contemplación de la Casa Usher? Misterio insoluble; y yo no podía luchar con los sombríos pensamientos que se congregaban a mi alrededor mientras reflexionaba. Me vi obligado a incurrir en la insatisfactoria conclusión de que mientras hay, fuera de toda duda, combinaciones de simplísimos objetos naturales que tienen el poder de afectarnos así, el análisis de este poder se encuentra aún entre las consideraciones que están más allá de nuestro alcance. Era posible, reflexioné, que una simple disposición diferente de los elementos de la escena, de los detalles del cuadro, fuera suficiente para modificar o quizá anular su poder de impresión dolorosa; y, procediendo de acuerdo con esta idea, empujé mi caballo a la escarpada orilla de un estanque negro y fantástico que extendía su brillo tranquilo junto a la mansión; pero con un estremecimiento aún más sobrecogedor que antes contemplé la imagen reflejada e invertida de los juncos grises, y los espectrales troncos, y las vacías ventanas como ojos.

Fragmento de La caída de la Casa Usher. Edgar Allan Poe

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La isla del tesoro

11 sep

El aspecto de la isla, cuando a la mañana siguiente subí a cubierta, había cambiado por completo. La brisa había amainado, y, aunque durante la noche navegamos bastante, en aquel momento nos encontrábamos detenidos en la calma a media milla del suroeste de la costa oriental, que era la más baja. Bosques grisáceos cubrían gran parte del paisaje. En algunos puntos esa tonalidad monótona se salpicaba con sendas de arena amarilla desde la playa y con árboles altos, parecidos a los pinos, que se agrupaban sobre la general y uniforme coloración de un gris triste. Los montes se destacaban como rupturas de la vegetación y semejaban torres de piedra. Sus formas eran extrañas, y el de mas rara silueta, que sobresalía en doscientos o trescientos pies a los otros, era el Catalejo; estaba cortado a pico por sus laderas y en la cima se truncaba bruscamente dándole la forma de un pedestal.
La isla del tesoro. R.L.Stevenson

Esta es una nueva versión de una que publiqué hace años en un antiguo blog que tenía.

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Poema visual

22 jun

El Principito, Audio libro completo

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Geometría

21 jun

Blanco y negro. Jorge Drexler y Paulinho Moska

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Juan Salvador Gaviota

19 jun

BSO Juan Salvador Gaviota. Neil Diamond

…De modo que esto es el cielo, pensó, y tuvo que sonreírse. No es muy respetuoso analizar el cielo justo en el momento en que uno está a punto de entrar en él.

Al venir de la Tierra por encima de las nubes y en formación cerrada con las dos resplandecientes gaviotas, vio que su propio cuerpo se hacía tan resplandeciente como el de ellas.

En verdad, allí estaba el mismo y joven Juan Gaviota, el que siempre había existido detrás de sus ojos dorados, pero la forma exterior había cambiado.

Su cuerpo sentía como gaviota, pero ya volaba mucho mejor que con el antiguo.

¡Vaya, pero si con la mitad del esfuerzo, pensó, obtengo el doble de velocidad, el doble de rendimiento que en mis mejores días en la Tierra¡

Brillaban sus plumas, ahora de un blanco resplandeciente, y sus alas eran lisas y perfectas como láminas de plata pulida. Empezó gozoso, a familiarizarse con ellas , a imprimir potencia en estas nuevas alas.

…De pronto se separaron las nubes y sus compañeros gritaron:

_ Feliz aterrizaje, Juan- y desaparecieron sin dejar rastro.

…El recuerdo de su vida en la Tierra se le estaba haciendo borroso. La Tierra había sido un lugar donde había aprendido mucho, por supuesto, pero los detalles se le hacían ya nebulosos; recordaba algo de la lucha por la comida, y de haber sido un Exiliado.

La docena de gaviotas que estaba cerca de la playa vino a saludarle sin que ni una dijera una palabra. Sólo sintió que se le daba la bienvenida y que ésta era su casa. Había sido un gran día para él, un día cuyo amanecer ya no recordaba.

…Durante los próximos días vio Juan que había aquí tanto que aprender sobre el vuelo como en la vida que había dejado. Pero con una diferencia. Aquí había gaviotas que pensaban como él. Ya que para cada una de ellas lo más importante de sus vidas era alcanzar y palpar la perfección de lo que más amaban hacer: volar. Eran pájaros magníficos, todos ellos, y pasaban hora tras hora cada día ejercitándose en volar, ensayando aeronáutica avanzada.

…La única respuesta que puedo dar, Juan, es que tú eres una gaviota en un millón. La mayoría de nosotros progresamos con mucha lentitud. Pasamos de un mundo a otro casi exactamente igual, olvidando en seguida de dónde habíamos venido, sin preocuparnos hacia dónde íbamos ¿ Tienes idea de cuantas vidas debinos cruzar antes de que lográramos la primera idea de que hay más en la vida que comer, luchar o alcanzar poder en la Bandada? ¡Mil vidas, Juan, diez mil. Y luego cien vidas más hasta que emprezamos a aprender que hay algo llamado perfección y otras cien para comprender que la meta de la vida es encontrar esa perfección y reflejarla.. La misma norma se aplica ahora a nosotros, por supuesto: elegimos nuestro mundo venidero mediante lo que hemos aprendido de éste. No aprendas nada, y el próximo mundo será igual que éste, con las mismas limitaciones y pesos de plomo que superar.

_ Pero tú, Juan, aprendiste tanto de una vez que no has tenido que pasar por mil vidas para llegar a ésta.

Una noche, las gaviotas que no estaban practicando vuelos nocturnos se quedaron en la arena, pensando. Juan echó mano de todo su coraje y se acercó a la Gaviota Mayor, de quien se decía iba pronto a trasladarse más allá de este mundo.

…Y aunque intentó parecer adecuadamente severo ante sus alumnos, Pedro Gaviota les vio de pronto tan y como eran realmente, sólo por un momento, y más que gustarle, amó aquello que vió. ¿ No hay límites Juan? pensó, y sonrío. Su carrera hacia el aprendizaje había empezado.

Juan Salvador Gaviota. Richard Bach

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James Joyce

20 nov

Dublín exhala literatura. Sus calles han visto nacer a cuatro premios Nóbeles del arte de las letras –W.B Yeats, Samuel Beckett, Seamous Heaney y Bernard Shaw-, así como a literatos de la talla de Oscar Wilde o James Joyce. Sin embargo, el influjo de la ciudad, ha ejercido en todos ellos una mezcla de amor y odio que les ha alejado en mayor o menor medida de su seno. Pese a todo, la literatura sigue imbricada en las calles, las costumbres y el acontecer diario de Dublín y un simple paseo por la capital irlandesa permite imbuirse en su pasado literario.

Visitar Dublín significa, fundamentalmente, conocer a James Joyce, ya que en las calles de la capital irlandesa se respira la obra de este dublinés por excelencia quien, pese a vivir alejado de la ciudad durante décadas, nunca pudo desanclar su pensamiento de ella.

Quizás por esta profunda relación, seguir los pasos del autor por la capital irlandesa se ha convertido en toda una tradición en Dublín. El 16 de junio, ya conocido como Bloomsday, ‘joyceanos’ llegados de todo el mundo reviven el recorrido de Leopold Bloom, el protagonista de ‘Ulises’, por la ciudad con la obra en la mano y dispuestos a embeberse de cuanto destile literatura.

Pero, además de en las calles de la ciudad, el espíritu de Joyce también se encuentra en pubs tan típicos como el de Davy Byrne o Egan’s, entornos que han dado vida a acaloradas discusiones en ‘Ulises’ o a noches de alcohol y penas en ‘Dublineses’.

Conocer el museo de Joyce en la torre Martello, que fue su hogar y sirvió de marco para el primer capítulo de ‘Ulises’ o visitar el Colegio Belvedere, una institución de la que el propio autor formó parte y que queda perfectamente reflejada en la obra ‘Retrato de un artista adolescente’, permiten ahondar en la vida del autor e impregnarse de la esencia de la ciudad.

Sin embargo, el Dublín literario no es sólo obra de Joyce. Pese a la lejanía que autores como Beckett o Wilde mantuvieron deliberadamente de la vieja ciudad irlandesa, aún es posible encontrar sus huellas en ella. Para hallarlas, nada mejor que visitar el ‘Dublin Writer’s Museum’, una joya que recoge todo lo relacionado con la vida y obra de las grandes figuras literarias de Dublín.

Y, como última cita, el visitante puede visitar la tumba de Jonathan Swift, en la catedral de San Patricio. Quizás el autor de ‘Los viajes de Gulliver’ le revele que parte de los secretos de Lilliput siguen escondidos en Dublín.

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Fuente: Cristina Lucio en El Mundo.es

Epitafio de Robert Desnos

24 jul

En la sede de la Fundación Bancaja de Valencia vi el otro día la exposición: “Picasso. Libros ilustrados para los amigos”. En ella me encontré este increíble epitafio de Robert Desnos:

Viví en esos tiempos durante miles de años.

He estado muerto, no caído pero embrujado;

Cuando toda la decencia humana estaba encarcelada,

yo era libre entre los enmascarados esclavos.

Vivía en esos tiempos, aun era libre.

Miraba el río, la tierra, el cielo,

dando vueltas a mi alrededor, manteniendo el  equilibrio.

Las estaciones del año me proporcionaban sus pájaros y su miel

Tú, que vives, ¿qué has hecho de tu suerte?

¿Te arrepientes  del tiempo cuando yo luchaba?

¿Has cultivado para  la cosecha común?

¿Has enriquecido la ciudad donde yo viví…?

Los seres vivos no piensan nada de mí.

Nada sobrevive de mi espíritu  o mi cuerpo

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Robert Desnos (París, 4 de julio de 1900 – Campo de concentración de Theresienstadt, 8 de junio de 1945) fue un poeta surrealista francés.
Nacido en París, los primeros poemas de Desnos se publicaron en 1917 en La Tribune des Jeunes. En 1919 conoció al poeta Benjamin Péret quien le introdujo en el grupo dadaísta en París y le presentó a André Breton. Mientras trabajaba como columnista del periódico Paris-Soir, Desnos se convirtió en un miembro activo del grupo surrealista y desarrolló un talento especial para la Escritura automática. Aunque Breton le elogió en su Manifesto du Surréalisme (1924) diciendo que era el “profeta del movimiento”, Desnos siguió con su trabajo como periodista. Su incredulidad por el surrealismo así como su relación con los políticos comunistas provocó discrepancias entre Desnos y Breton.
En 1926 escribió The Night of Loveless Nights, poema lírico sobre la soledad, escrito con un estilo clásico, más parecido al de Baudelaire que a Breton. Se enamoró de la cantante Yvonne George pero los seguidores de Yvonne hicieron que se convirtiera en un amor imposible. Escribió diversos poemas dedicados a su amante, entre ellos la colección La liberté ou l’amour! (1927).
En 1929, Breton condenó definitivamente a Desnos que se había unido a la revista Documents de Georges Bataille y que fue uno de los que firmaron Un Cadavre, escrito que atacaba al “buey Breton”. Su carrera en la radio empezó en 1932 con un espectáculo dedicado a Fantomas. Durante esta época, se hizo amigo de Picasso, Hemingway, Artaud y John Dos Passos y publicó diversas críticas sobre jazz y cine a la par que se incrementaba su participación en asuntos políticos.
Durante la Segunda Guerra Mundial, Desnos fue un miembro activo de la Resistencia francesa publicando a menudo bajo pseudónimo, y fue detenido por la Gestapo el 22 de febrero de 1944. Fue deportado a Auschwitz, Buchenwald, Flossenbürg y finalmente a Terezín en Checoslovaquia en 1945. Allí falleció de tifus semanas antes de que el campo fuera liberado. Está enterrado en el Cementerio de Montparnasse.
Fuente: Wikipedia

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Viaje

17 jun
Playa de Barra. Aveiro (Portugal)

Playa de Barra. Aveiro (Portugal)

«El viaje no acaba nunca. Sólo los viajeros acaban. E incluso estos pueden prolongarse en memoria, en recuerdo, en narrativa. Cuando el viajero se sentó en la arena de la playa y dijo: “No hay nada más que ver”, sabía que no era así. El fin del viaje es simplemente el comienzo de otro. Es necesario ver lo que no ha sido visto, ver otra vez lo que ya se vio, ver en primavera lo que se vio en Verano, ver de día lo que se vio de noche, con sol donde antes la lluvia caía, ver el trigo verde, el fruto maduro, la piedra que cambió de lugar, la sombra que aquí no estaba. Es preciso volver a los pasos que fueron dados, para repetirlos, y para trazar caminos nuevos a su lado. Es preciso recomenzar el viaje. Siempre. El viajero vuelve ya.»
José Saramago. Viaje a Portugal

¡Dios, qué ganas!

17 jun

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Picando en el marcapáginas os dejo un estupendo artículo de Rosa María Artal en su blog “El Periscopio”

Esa mujer

15 jun
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Cuentacuentos de la Noche en Rosa del Festival de las Artes de Salamanca

Rodolfo Walsh

Esa mujer

El coronel elogia mi puntualidad:
­Es puntual como los alemanes ­dice.
­O como los ingleses.
El coronel tiene apellido alemán.
Es un hombre corpulento, canoso, de cara ancha, tostada.
­He leído sus cosas ­propone­. Lo felicito.
Mientras sirve dos grandes vasos de whisky, me va informando, casualmente, que tiene veinte años de servicios de informaciones, que ha estudiado filosofía y letras, que es un curioso del arte. No subraya nada, simplemente deja establecido el terreno en que podemos operar, una zona vagamente común.
Desde el gran ventanal del décimo piso se ve la ciudad en el atardecer, las luces pálidas del río. Desde aquí es fácil amar, siquiera momentáneamente, a Buenos Aires. Pero no es ninguna forma concebible de amor lo que nos ha reunido.
El coronel busca unos nombres, unos papeles que acaso yo tenga.
Yo busco una muerta, un lugar en el mapa. Aún no es una búsqueda, es apenas una fantasía: la clase de fantasía perversa que algunos sospechan que podría ocurrírseme.
Algún día (pienso en momentos de ira) iré a buscarla. Ella no significa nada para mí, y sin embargo iré tras el misterio de su muerte, detrás de sus restos que se pudren lentamente en algún remoto cementerio. Si la encuentro, frescas altas olas de cólera, miedo y frustrado amor se alzarán, poderosas vengativas olas, y por un momento ya no me sentiré solo, ya no me sentiré como una arrastrada, amarga, olvidada sombra.
El coronel sabe dónde está.
Se mueve con facilidad en el piso de muebles ampulosos, ornado de marfiles y de bronces, de platos de Meissen y Cantón. Sonrío ante el Jongkind falso, el Fígari dudoso. Pienso en la cara que pondría si le dijera quién fabrica los Jongkind, pero en cambio elogio su whisky.
El bebe con vigor, con salud, con entusiasmo, con alegría, con superioridad, con desprecio. Su cara cambia y cambia, mientras sus manos gordas hacen girar el vaso lentamente.
­Esos papeles ­dice.
Lo miro.
­Esa mujer, coronel.
Sonríe.
­Todo se encadena ­filosofa.
A un potiche de porcelana de Viena le falta una esquirla en la base. Una lámpara de cristal está rajada. El coronel, con los ojos brumosos y sonriendo, habla de la bomba.
­La pusieron en el palier. Creen que yo tengo la culpa. Si supieran lo que he hecho por ellos, esos roñosos.
­¿Mucho daño? ­pregunto. Me importa un carajo.
­Bastante. Mi hija. La he puesto en manos de un psiquiatra. Tiene doce años ­dice.
El coronel bebe, con ira, con tristeza, con miedo, con remordimiento.
Entra su mujer, con dos pocillos de café.
Contale vos, Negra.
Ella se va sin contestar; una mujer alta, orgullosa, con un rictus de neurosis. Su desdén queda flotando como una nubecita.
­La pobre quedó muy afectada ­explica el coronel­. Pero a usted no le importa esto.
­¡Cómo no me va a importar!… Oí decir que al capitán N y al mayor X también les ocurrió alguna desgracia después de aquello.
El coronel se ríe.
­La fantasía popular -dice-. Vea cómo trabaja. Pero en el fondo no inventan nada. No hacen más que repetir.
Enciende un Marlboro, deja el paquete a mi alcance sobre la mesa.
-Cuénteme cualquier chiste -dice.
Pienso. No se me ocurre.
­Cuénteme cualquier chiste político, el que quiera, y yo le demostraré que estaba inventado hace veinte años, cincuenta años, un siglo. Que se usó tras la derrota de Sedán, o a propósito de Hindenburg, de Dollfuss, de Badoglio.
-¿Y esto?
­La tumba de Tutankamón -dice el coronel-. Lord Carnavon. Basura.
El coronel se seca la transpiración con la mano gorda y velluda.
-Pero el mayor X tuvo un accidente, mató a su mujer.
­¿Qué más? ­dice, haciendo tintinear el hielo en el vaso.
-Le pegó un tiro una madrugada.
­La confundió con un ladrón ­sonríe el coronel . Esas cosas ocurren.
­Pero el capitán N. . .
­Tuvo un choque de automóvil, que lo tiene cualquiera, y más él, que no ve un caballo ensillado cuando se pone en pedo.
­¿Y usted, coronel?
­Lo mío es distinto ­dice­. Me la tienen jurada.
Se para, da una vuelta alrededor de la mesa.
­Creen que yo tengo la culpa. Esos roñosos no saben lo que yo hice por ellos. Pero algún día se va a escribir la historia. A lo mejor la va a escribir usted.
­Me gustaría.
­Y yo voy a quedar limpio, yo voy a quedar bien. No es que me importe quedar bien con esos roñosos, pero sí ante la historia, ¿comprende?
­Ojalá dependa de mí, coronel.
­Anduvieron rondando. Una noche, uno se animó. Dejó la bomba en el palier y salió corriendo.
Mete la mano en una vitrina, saca una figurita de porcelana policromada, una pastora con un cesto de flores.
-Mire.
A la pastora le falta un bracito.
­Derby -dice. Doscientos años.
La pastora se pierde entre sus dedos repentinamente tiernos. El coronel tiene una mueca de fierro en la cara nocturna, dolorida.
­¿Por qué creen que usted tiene la culpa?
­Porque yo la saqué de donde estaba, eso es cierto, y la llevé donde está ahora, eso también es cierto. Pero ellos no saben lo que querían hacer, esos roñosos no saben nada, y no saben que fui yo quien lo impidió.
El coronel bebe, con ardor, con orgullo, con fiereza, con elocuencia, con método.
-Porque yo he estudiado historia. Puedo ver las cosas con perspectiva histórica. Yo he leído a Hegel.
­¿Qué querían hacer?
­Fondearla en el río, tirarla de un avión, quemarla y arrojar los restos por el inodoro, diluirla en ácido. ¡Cuanta basura tiene que oír uno! Este país está cubierto de basura, uno no sabe de dónde sale tanta basura, pero estamos todos hasta el cogote.
­Todos, coronel. Porque en el fondo estamos de acuerdo, ¿no? Ha llegado la hora de destruir. Habría que romper todo.
-Y orinarle encima.
­Pero sin remordimientos, coronel. Enarbolando alegremente la bomba y la picana. ¡Salud! -digo levantando el vaso.
No contesta. Estamos sentados junto al ventanal. Las luces del puerto brillan azul mercurio. De a ratos se oyen las bocinas de los automóviles, arrastrándose lejanas como las voces de un sueño. El coronel es apenas la mancha gris de su cara sobre la mancha blanca de su camisa.
­Esa mujer ­le oigo murmurar­. Estaba desnuda en el ataúd y parecía una virgen. La piel se le había vuelto transparente. Se veían las metástasis del cáncer, como esos dibujitos que uno hace en una ventanilla mojada.
El coronel bebe. Es duro.
­Desnuda ­dice­. Éramos cuatro o cinco y no queríamos mirarnos. Estaba ese capitán de navío, y el gallego que la embalsamó, y no me acuerdo quién más. Y cuando la sacamos del ataúd -el coronel se pasa la mano por la frente­, cuando la sacamos, ese gallego asqueroso…
Oscurece por grados, como en un teatro. La cara del coronel es casi invisible. Sólo el whisky brilla en su vaso, como un fuego que se apaga despacio. Por la puerta abierta del departamento llegan remotos ruidos. La puerta del ascensor se ha cerrado en la planta baja, se ha abierto más cerca. El enorme edificio cuchichea, respira, gorgotea con sus cañerías, sus incineradores, sus cocinas, sus chicos, sus televisores, sus sirvientas, Y ahora el coronel se ha parado, empuña una metralleta que no le vi sacar de ninguna parte, y en puntas de pie camina hacia el palier, enciende la luz de golpe, mira el ascético, geométrico, irónico vacío del palier, del ascensor, de la escalera, donde no hay absolutamente nadie y regresa despacio, arrastrando la metralleta.
­Me pareció oír. Esos roñosos no me van a agarrar descuidado, como la vez pasada.
Se sienta, más cerca del ventanal ahora. La metralleta ha desaparecido y el coronel divaga nuevamente sobre aquella gran escena de su vida.
­…se le tiró encima, ese gallego asqueroso. Estaba enamorado del cadáver, la tocaba, le manoseaba los pezones. Le di una trompada, mire -el coronel se mira los nudillos­, que lo tiré contra la pared. Está todo podrido, no respetan ni a la muerte. ¿Le molesta la oscuridad?
­No.
­Mejor. Desde aquí puedo ver la calle. Y pensar. Pienso siempre. En la oscuridad se piensa mejor.
Vuelve a servirse un whisky.
­Pero esa mujer estaba desnuda -dice, argumenta contra un invisible contradictor-. Tuve que taparle el monte de Venus, le puse una mortaja y el cinturón franciscano.
Bruscamente se ríe.
­Tuve que pagar la mortaja de mi bolsillo. Mil cuatrocientos pesos. Eso le demuestra, ¿eh? Eso le demuestra.
Repite varias veces “Eso le demuestra”, como un juguete mecánico, sin decir qué es lo que eso me demuestra.
-Tuve que buscar ayuda para cambiarla de ataúd. Llamé a unos obreros que había por ahí. Figúrese como se quedaron. Para ellos era una diosa, qué sé yo las cosas que les meten en la cabeza, pobre gente.
­¿Pobre gente?
­Sí, pobre gente.­El coronel lucha contra una escurridiza cólera interior­. Yo también soy argentino.
­Yo también, coronel, yo también. Somos todos argentinos.
­Ah, bueno ­dice.
­¿La vieron así?
­Sí, ya le dije que esa mujer estaba desnuda. Una diosa, y desnuda, y muerta. Con toda la muerte al aire, ¿sabe? Con todo, con todo…
La voz del coronel se pierde en una perspectiva surrealista, esa frasecita cada vez más rémova encuadrada en sus líneas de fuga, y el descenso de la voz manteniendo una divina proporción o qué. Yo también me sirvo un whisky.
­Para mí no es nada -dice el coronel­. Yo estoy acostumbrado a ver mujeres desnudas. Muchas en mi vida. Y hombres muertos. Muchos en Polonia, el 39. Yo era agregado militar, dése cuenta.
Quiero darme cuenta, sumo mujeres desnudas más hombres muertos, pero el resultado no me da, no me da, no me da… Con un solo movimiento muscular me pongo sobrio, como un perro que se sacude el agua.
­A mí no me podía sorprender. Pero ellos…
­¿Se impresionaron?
­Uno se desmayó. Lo desperté a bofetadas. Le dije: “Maricón, ¿ésto es lo que hacés cuando tenés que enterrar a tu reina? Acordate de San Pedro, que se durmió cuando lo mataban a Cristo.” Después me agradeció.
Miró la calle. “Coca” dice el letrero, plata sobre rojo. “Cola” dice el letrero, plata sobre rojo. La pupila inmensa crece, círculo rojo tras concéntrico círculo rojo, invadiendo la noche, la ciudad, el mundo. “Beba”.
­Beba ­dice el coronel.
Bebo.
­¿Me escucha?
-Lo escucho.
Le cortamos un dedo.
­¿Era necesario?
El coronel es de plata, ahora. Se mira la punta del índice, la demarca con la uña del pulgar y la alza.
­Tantito así. Para identificarla.
-¿No sabían quién era?
Se ríe. La mano se vuelve roja. “Beba”.
­Sabíamos, sí. Las cosas tienen que ser legales. Era un acto histórico, ¿comprende?
­Comprendo.
-La impresión digital no agarra si el dedo está muerto. Hay que hidratarlo. Más tarde se lo pegamos.
­¿Y?
­Era ella. Esa mujer era ella.
­¿Muy cambiada?
­No, no, usted no me entiende. lgualita. Parecía que iba a hablar, que iba a… Lo del dedo es para que todo fuera legal. El profesor R. controló todo, hasta le sacó radiografías.
­¿El profesor R.?
-Sí. Eso no lo podía hacer cualquiera. Hacía falta alguien con autoridad científica, moral.
En algún lugar de la casa suena, remota, entrecortada, una campanilla. No veo entrar a la mujer del coronel, pero de pronto esta ahí, su voz amarga, inconquistable.
­¿Enciendo?
­No.
­Teléfono.
­Deciles que no estoy.
Desaparece.
­Es para putearme ­explica el coronel-. Me llaman a cualquier hora. A las tres de la madrugada, a las cinco.
-Ganas de joder ­digo alegremente.
­Cambié tres veces el número del teléfono. Pero siempre lo averiguan.
­¿Qué le dicen?
­Que a mi hija le agarre la polio. Que me van a cortar los huevos. Basura.
Oigo el hielo en el vaso, como un cencerro lejano.
­Hice una ceremonia, los arengué. Yo respeto las ideas, les dije. Esa mujer hizo mucho por ustedes. Yo la voy a enterrar como cristiana. Pero tienen que ayudarme.
El coronel está de pie y bebe con coraje, con exasperación, con grandes y altas ideas que refluyen sobre él como grandes y altas olas contra un peñasco y lo dejan intocado y seco, recortado y negro, rojo y plata.
­La sacamos en un furgón, la tuve en Viamonte, después en 25 de Mayo, siempre cuidándola, protegiéndola, escondiéndola. Me la querían quitar, hacer algo con ella. La tapé con una lona, estaba en mi despacho, sobre un armario, muy alto. Cuando me preguntaban qué era, les decía que era el transmisor de Córdoba, la Voz de la Libertad.
Ya no sé dónde está el coronel. El reflejo plateado lo busca, la pupila roja. Tal vez ha salido. Tal vez ambula entre los muebles. El edificio huele vagamente a sopa en la cocina, colonia en el baño, pañales en la cuna, remedios, cigarrillos, vida, muerte.
-Llueve -dice su voz extraña.
Miro el cielo: el perro Sirio, el cazador Orión.
­Llueve día por medio ­dice el coronel-. Día por medio llueve en un jardín donde todo se pudre, las rosas, el pino, el cinturón franciscano.
Dónde, pienso, dónde.
­¡Está parada! -grita el coronel­. ¡La enterré parada, como Facundo, porque era un macho!
Entonces lo veo, en la otra punta de la mesa. Y por un momento, cuando el resplandor cárdeno lo baña, creo que llora, que gruesas lágrimas le resbalan por la cara.
­No me haga caso -dice, se sienta­. Estoy borracho.
Y largamente llueve en su memoria.
Me paro, le toco el hombro.
­¿Eh? -dice­ ¿Eh? -dice.
Y me mira con desconfianza, como un ebrio que se despierta en un tren desconocido.
-¿La sacaron del país?
-Sí.
­¿La sacó usted?
­Sí.
-¿Cuántas personas saben?
­DOS.
­¿El Viejo sabe?
Se ríe.
-Cree que sabe.
­¿Dónde?
No contesta.
­Hay que escribirlo, publicarlo.
­Sí. Algún día.
Parece cansado, remoto.
­¡Ahora! ­me exaspero­. ¿No le preocupa la historia? ¡Yo escribo la historia, y usted queda bien, bien para siempre, coronel!
La lengua se le pega al paladar, a los dientes.
-Cuando llegue el momento… usted será el primero…
­No, ya mismo. Piense. Paris Match. Life. Cinco mil dólares. Diez mil. Lo que quiera.
Se ríe.
­¿Dónde, coronel, dónde?
Se para despacio, no me conoce. Tal vez va a preguntarme quién soy, qué hago ahí.
Y mientras salgo derrotado, pensando que tendré que volver, o que no volveré nunca. Mientras mi dedo índice inicia ya ese infatigable itinerario por los mapas, uniendo isoyetas, probabilidades, complicidades. Mientras sé que ya no me interesa, y que justamente no moveré un dedo, ni siquiera en un mapa, la voz del coronel me alcanza como una revelación.
­Es mía -dice simplemente­. Esa mujer es mía.

Fuente: Al pozo con fuego

POR LA LECTURA

26 may

ferialibro

Cuando yo era un muchacho, en la España de 1931, vivía en Aranjuez un Maestro Nacional llamado D. Justo G. Escudero Lezamit. A punto de jubilarse, acudía a la escuela incluso los sábados por la mañana aunque no tenía clases porque allí, en un despachito que le habían cedido, atendía su biblioteca circulante.. Era suya porque la había creado él solo, con libros donados por amigos, instituciones y padres de alumnos. Sus ‘clientes’ éramos jóvenes y adultos, hombres y mujeres. Allí descubrí a Dickens y a Baroja, leí a Salgari y a Karl May.

Muchos años después hice una visita a un bibliotequita de un pueblo madrileño. No parecía haber sido muy frecuentada, pero se había hecho cargo recientemente una joven titulada quien había ideado crear un rincón exclusivo para los niños con un trozo de moqueta para sentarlos. Al principio las madres acogieron la idea con simpatía porque les servía de guardería. Tras recoger a sus hijos en el colegio los dejaban allí un rato mientras terminaban de hacer sus compras, pero cuando regresaban a por ellos, no era raro que los niños, intrigados por el final, pidieran quedarse un ratito más hasta terminar el cuento que estaban leyendo. Durante la espera, las madres curioseaban, cogían algún libro, lo hojeaban y a veces también ellas quedaban prendadas. Tiempo después me enteré de que la experiencia había dado sus frutos: algunas lectoras eran mujeres que nunca habían leído antes de que una simple moqueta en manos de una joven bibliotecaria les descubriera otros mundos. Y aún más años después descubrí otro prodigio en un gran hospital de Valencia. La biblioteca de atención al paciente, con la que mitigan las largas esperas y angustias tanto de familiares como de los propios enfermos, fue creada por iniciativa y voluntarismo de una empleada. Con un carrito del supermercado cargado de libros donados, paseándose por las distintas plantas, con largas peregrinaciones y luchas con la administración intentando convencer a burócratas y médicos no siempre abiertos a otras consideraciones, de que el conocimiento y el placer que proporciona la lectura puede contribuir a la curación, al cabo de los años ha logrado dotar al hospital y sus usuarios de una biblioteca con un servicio de préstamos y unas actividades que le han valido, además del prestigio y admiración de cuantos hemos pasado por ahí, un premio del gremio de libreros en reconocimiento a su labor en favor del libro.

Evoco ahora estos tres de entre los muchos ejemplos de tesón bibliotecario, al enterarme de que resurge la amenaza del préstamo de pago. Se pretende obligar a las bibliotecas a pagar 20 céntimos por cada libro prestado en concepto de canon para resarcir -eso dicen- a los autores del desgaste del préstamo..

Me quedo confuso y no entiendo nada. En la vida corriente el que paga una suma es porque:

a) obtiene algo a cambio.
b) es objeto de una sanción.

Y yo me pregunto: ¿qué obtiene una biblioteca pública, una vez pagada la adquisición del libro para prestarlo? ¿O es que debe ser multada por cumplir con su misión, que es precisamente ésa, la de prestar libros y fomentar la lectura?

Por otro lado, ¿qué se les desgasta a los autores en la operación?.¿Acaso dejaron de cobrar por el libro?. ¿Se les leerá menos por ser lecturas prestadas?.¿Venderán menos o les servirá de publicidad el préstamo como cuando una fábrica regala muestras de sus productos? Pero, sobre todo: ¿Se quiere fomentar la lectura? ¿Europa prefiere autores más ricos pero menos leídos? No entiendo a esa Europa mercantil. Personalmente prefiero que me lean y soy yo quien se siente deudor con la labor bibliotecaria en la difusión de mi obra.

Sépanlo quienes, sin preguntarme, pretenden defender mis intereses de autor cargándose a las bibliotecas. He firmado en contra de esa medida en diferentes ocasiones y me uno nuevamente a la campaña.

¡NO AL PRÉSTAMO DE PAGO EN BIBLIOTECAS!

José Luis Sampedro

Gracias a Marisol y a Paquita por enviármelo

Memorias de un beduíno en el Congreso de los Diputados

20 feb

labordeta

Carlos Cano, Adolfo Celdrán, Aguaviva, Jarcha, Paco Ibáñez, María del Mar Bonet, Lluis Llach, Manuel Gerena, Quilapayún, Claudina y Alberto Gambino, Nuestro Pêqueño Mundo, Pablo Guerrero, Nuevo Mester de Juglaría,… Tantos y tantos otros que marcaron nuestra adolescencia y juventud, que nos acompañaron, que nos enseñaron que otro mundo y otra sociedad era posible, que forman parte inseparable de nuestra trayectoria vital.
A propósito me he dejado dos de ellos. En primer lugar mi admirado y nunca olvidado Víctor Jara. Reconozco que la experiencia socialista chilena y en particular, su compromiso hasta la muerte, han influido claramente en mi pensamiento.
El segundo es un personaje que no sólo ha marcado a una generación sino a varias de ellas a lo largo de una trayectoria extendida en el tiempo. Su nombre lo dice todo. Nadie puede declarar que es un personaje ajeno a él en algunas de sus facetas: profesor, cantautor, escritor, político, antropólogo, viajero, luchador por las libertades,… José Antonio Labordeta.
Termino de leer su libro “Memorias de un beduíno en el Congreso de los Diputados”. A través de una prosa sencilla pero contundente, analiza sus ochos años en el Congreso como diputado del CHA. A partir de sus recuerdos analiza los que para mí han sido los ocho años más tristes de la Democracia gracias a los cuatro años de mayoría absoluta del PP y a los cuatro años de oposición destructiva y despreciable del mismo partido a la labor del gobierno del PSOE.
Una lectura recomendable por varias razones. La primera porque es una manera de no olvidar el pasado por otra parte tan reciente. Y la segunda porque merece la pena, para quien no lo conozca, descubrir al personaje. Labordeta: inteligente, comprometido con su tierra, sus gentes y sus ideas, sencillo, irónico, tierno. Sus observaciones, divertidas hasta la carcajada en algunos casos, tristes en otros, diseccionan de manera precisa y concisa los acontecimientos más importantes de esos años y nos proporcionan una visión diferente, por lo menos para mí, de algunos personajes de la vida política.
Y por supuesto, ese grito desesperado de “A la mierda”, del que él no está muy orgulloso al sentir que había entrado en el juego descalificatorio del PP y había perdido los papeles, nos dignificó a todos.
Gracias por todo, compañero.

Pregunta

3 feb

Las preguntas ¿Quién eres? o ¿Quién soy? tienen respuestas fáciles: uno cuenta su vida y así se presenta a los otros. La pregunta que no tiene respuesta se formula de otra manera: ¿Qué soy yo? No “quien”, sino “qué”. La persona que se haga esta pregunta se enfrentará a una página en blanco y lo peor es que no será capaz de escribir una sola palabra.
José Saramago
El cuaderno de Saramago

Playa de Barra. Aveiro (Portugal)

Playa de Barra. Aveiro (Portugal)

Anabel Lee

21 ene

Para Edgar Allan Poe en el bicentenario de su nacimiento.

Anabel Lee. Radio Futura

It was many and many a year ago,
In a kingdom by the sea,
That a maiden there lived whom you may know
By the name of Annabel Lee;
And this maiden she lived with no other thought
Than to love and be loved by me.

I was a child and she was a child
In this kingdom by the sea,
But we loved with a love that was more than love
I and my Annabel Lee,
With a love that the winged seraphs in Heaven
Coveted her and me.

And this was the reason that, long ago,
In this kingdom by the sea,
A wind blew out of a cloud, chilling
My beautiful Annabel Lee;
So that her highborn kinsmen came
And bore her away from me,
To shut her up in a sepulcher,
In this kingdom by the sea.

The angels, not half so happy in Heaven,
Went envying her and me.
Yes! That was the reason (as all men know,
In this kingdom by the sea)
That the wind came out of the cloud by night,
Chilling and killing my Annabel Lee.

But our love it was stronger by far than the love
Of those who were older than we
Of many far wiser than we
And neither the angels in Heaven above
Nor the demons down under the sea
Can ever dissever my soul from the soul
Of the beautiful Annabel Lee.

For the moon never beams, without bringing me dreams
Of the beautiful Annabel Lee;
And the stars never rise, but I feel the bright eyes
Of the beautiful Annabel Lee;
And so, all the night-tide, I lie down by the side
Of my darling –my darling- my life and my bride,
In her sepulcher there by the sea
In her tomb by the sounding sea.


Hace muchos, muchos años,
en un reino junto al mar,
vivía una doncella
cuyo nombre era Annabel Lee;
y vivía esta doncella sin otro pensamiento
que amarme y ser amada por mí.
Yo era un niño, una niña ella,
en ese reino junto al mar,
pero nos queríamos con un amor que era más que amor,
yo y mi Annabel Lee,
con un amor que los serafines del cielo
nos envidiaban a ella y a mí.
Tal fue esa la razón de que hace muchos años,
en ese reino junto al mar,
soplara de pronto un viento, helando
a mi hermosa Annabel Lee.
Sus deudos de alto linaje vinieron
y se la llevaron apartándola de mí,
para encerrarla en una tumba
en ese reino junto al mar.
Los ángeles, que no eran ni con mucho tan felices en el Cielo,
nos venían envidiando a ella y a mí…
Sí: tal fue la razón (como todos saben
en ese reino junto al mar)
de que soplara un viento nocturno
congelando y matando a mi Annabel Lee.
Pero nuestro amor era mucho más fuerte
que el amor de nuestros mayores,
de muchos que eran más sabios que nosotros,
y ni los ángeles arriba en el Cielo,
ni los demonios abajo en lo hondo del mar,
pudieron jamás separar mi alma
del alma de la hermosa Annabel Lee.
Pues la luna jamás brilla sin traerme sueños
de la bella Annabel Lee;
ni las estrellas se levantan sin que yo sienta los ojos luminosos
de la bella Annabel Lee.
Así, durante toda la marea de la noche, yazgo al lado
de mi adorada -mi querida- mi vida y mi prometida,
en su tumba junto al mar,
en su tumba que se eleva a las orillas del mar.

El viaje de Héctor o el secreto de la felicidad

19 ene

You Can Relax Now . Shaina Noll

Este maravilloso libro es un cuento para adultos en el que un psiquiatra, Héctor, emprende un viaje por el mundo para averiguar que es lo que hace feliz a la gente. A través de su periplo por Asia, África y América del Norte conoce a multitud de personajes que a su manera disfrutan de la felicidad a pesar de vivir en situaciones de dificultad, pobreza, enfermedad…. Él va anotando en su cuaderno las probables causas de la felicidad de estas personas hasta llega a la conclusión de que existen cinco tipos de felicidad: dos de felicidad exaltada (pasártelo bien, salidas, viajes, sexo, copas, drogas… y tener un trabajo que te guste), dos de felicidad tranquila (estar contento con lo que tienes y con tu forma de vida, sin comparaciones) y una felicidad, quizás la más importante, que es la de los demás: la amistad, el amor compartido, el sentirse útil, el preocuparse por la felicidad y desdicha de los demás…
Un libro de fácil lectura en el que de manera sencilla y clara nos vamos cuestionando nuestra escala de valores y en el que todos y cada uno nos vamos a ver reflejados en algunos de sus personajes. Una lectura altamente recomendable que seguro os hará disfrutar y que en ningún caso os decepcionará.

El viaje de Héctor o el secreto de la felicidad
François Lelord
Ed. Salamandra
ISBN 84-7888-842-X

Lidia. Escultura de Manuel Valdés. Plaza Mayor de Salamanca

Lidia. Escultura de Manuel Valdés. Plaza Mayor de Salamanca

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